El
ser humano es sufridor por naturaleza. Si en vez de haber nacido en España en
1986 viviese en Atapuerca en el paleolítico estaría atormentada pensando si mi
compañero, marido, pareja o el tipo que se acostaba a mi lado traería
suficiente mamut para alimentar a todos nuestros retoños. Estaría agobiadísima
preguntándome si ya habríamos inventado el fuego, o tendríamos que tomarnos la
carne en plan steak tartar pero soso, porque Burgos está lejísimos del mar y ya
me dirás tú de donde sacaban la sal entonces…
Si viviese en la Edad Media sufriría y sufriría hasta conseguir dar a luz un hijo varón que heredase el Condado de mi maridín. De paso durante nueve meses podría quitarme el corsé y respirar, que quieras que no es un alivió.
Si
en vez de en La Paz hubiese nacido un 5 de junio de 1986 en una choza de Namibia, con 26 estaría atormentada por la salud de mis nietos y pensando si voy a ser
capaz de pagar la dote de mi hija la fea. La que se peleo con un jabalí salvaje
cuando era pequeña, y ahora no hay forma de encasquetársela ni siquiera al
Masai ciego de la tribu vecina.
Viviendo en Madrid en pleno siglo XXI, y careciendo de preocupaciones intrínsecas, como ser humano necesito sufrir. Así que yo misma me causo mi padecimiento. Los fines de semana me enveneno de forma voluntaria en forma de intoxicación etílica (vamos que me pillo unos pedos míticos). Cada sábado y domingo por la mañana el dolor de cabeza, la sed inagotable y los moratones en lugares insospechados de mi cuerpo son la tónica habitual. Pero si sentir que mi cerebro es demasiado grande para mi cráneo no es suficiente, encima se pone a prueba mis artes interpretativas cuando tengo que enfrentarme a LAS COMIDAS FAMILIARES.
Durante
la semana, como el sufrimiento del fin de semana no es suficiente, he decidido
apuntarme a Bikram Yoga: 90 minutos a 42º con humedad haciendo ejercicio.
Si existe el infierno estoy segura que es muchísimo más agradable que la
primera clase de Bikram. Tu cuerpo suda más de lo que crees que es posible y te
mareas, tantas veces que pierdes la cuenta. Yo de naturaleza torpe, parezco un
pato mareado, con tan mala suerte que estoy apuntada al mismo centro que
Almudena Cid, gimnasta olímpica, tan elástica como el chicle Boomer. Si no
fuese humillación suficiente, el resto de mis compañeras son mujeres de 40 que,
como el yogur Sveltesse tienen 0% de materia grasa. Por el módico
precio de 130 € al mes.
¿Qué puedo decir? Soy un ser humano me gusta sufrir.










